Voy a declararme.
Voy a declararme una amarga, desabrida y cobarde.
Es sencillo. Uso paraguas bajo la lluvia, me tapo del sol con una campera. Odio los girasoles y las flores, me molesta el polen. No me gusta enamorarme corriendo en dirección contraria a una cita.
Siempre digo la verdad aunque me miren mal. Cruzo la calle siempre por la senda peatonal. No desafío a mis padres con algún capricho ocasional.
¿Más? Sí. No hablo de sentimentalismos sino de un cálculo racional. Creo que los niños cuando juegan hacen ruido y me molestan si pasan por mi lado. Me encantan los días nublados y si el semáforo se pone en rojo. Amo escuchar un violín en medio de una disco y soy puntual a cada sitio donde llego.
Soy amarga, desabrida y cobarde. Soy lo que el resto me ha dicho, me lo han hecho creer. Sin embargo, mi corazón dice que ser voluntaria para dar apoyo escolar, ayudar a mi padre en el trabajo, cantar una canción en la ducha o apagar el televisor si hay una mala noticia me hace tranquila, consciente y alegre en el lugar en el que estoy. No hay coeficiente que me defina como periódica. Soy impredecible e intensa, eso sucede.
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