El mareo.

Todas las paredes de mi casa me han visto llorar. Aún sigo buscando una sonrisa ante la prisa de salir de mi crisis, algo que me haga sentir mejor. Ni el abrazo especial de mi mejor amigo ni la alegría de mis sobrinos me levantarán del piso. He perdido el equilibrio. El mareo en mi cabeza delata que nada está bien en verdad. Quiero una parada y una voz que calme mi depresión del corazón. Seguiré buscando. Me miro en el espejo y todos me gritan ¡actitud!. Hoy dudo que alcance. La poción para salir de la estación de tren abandonada en la que me hayo no tiene una fórmula única, pues el científico que la creó no es el mismo que la anotó. Sé que es un vaivén más, busco una explicación. La vida me importa más de lo que algunos puedan ver en mi rostro cubierto de lágrimas de dolor. Las restricciones que el reloj me imponen en la realidad no sé si son fantasías de mi mal humor o limitaciones de mi enfermedad. Sigo buscando. No sé por donde empezar, por eso tomo papel y lápiz para continuar en el espacio que nadie me puede quitar. Es mi refugio, donde veo otros puntos de vista que nadie me puede modificar. Nada es cierto cuando quieres en verdad lo que se ve tan lejos. Sigo buscando hoy las mejores palabras que me lleven a la sanación absoluta de este mal. No quiero que te asustes, suele pasar. La medicación es, afortunadamente circunstancial. Para qué medir el tiempo, cuando en verdad me pone mal. Para qué detener mis sueños si algún día los he de alcanzar. Para qué abrigarme en este frío invierno, hace dos años que no he visto una hoja con flor. Tengo miedo, tengo temor a no salir del pasadizo oscuro o colmado de luz en el que el mareo me coloca cada vez que el sol se esconde en mis ojos.

Comentarios