Dúo.
Haremos de repente una dinámica para soñar. Somos dos, somos diferentes, somos lo que la gente en el fondo no prefiere.
Cadenas rotas al costado de las vías del tren. Nos sentamos uno al lado del otro y con cuaderno entre las piernas y una lapicera en mano escribimos el boceto de nuestra locura literaria. Tú eliges los poemas y yo me libero con la prosa extendida en más de dos hojas. Quizás hallemos el lugar para hablar de los que nos puede pasar en momentos de soledad.
Es un misterio lo que queremos decir, aún. La hoja en blanco nos intimida pero tu actitud de extrema libertad me hace pensar que lo podremos superar.
Me levanto del piso y pongo mis manos en la cintura y mirándote muevo mi cabeza de un lado a otro para que mis ideas se acomoden. Me dices que estoy lejos de una estación de cordura. En fin, a ninguno nos importa. Somos lo que el resto no ve. Una fusión de cobre y estaño. Una reacción química de avatares compartidos en nuestra corta vida.
En un club que asoma detrás de la vieja vía del tren nos adentramos para descubrir que existe en él. Te tomo del brazo intentando detener tu paso decidido. Ya estamos dentro. La luz del sol se refleja en el piso con baldosas típicas de casa con más de cuarenta años. Buscas alguna evidencia de algún ser vivo pero todo indica que es un sitio abandonado en el tiempo e ignorado por la estación que recibe viajantes de paso.
Levantas tus hombros y entiendo que te has resignado. Sin embargo, como en una huelga pacífica, me coloco en el suelo y tomando la lapicera anterior decido registrar los recuerdos mudos que pudieron suceder. Me acompañas en silencio y sentimos un estallido. Todo acaba y nada queda.
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