Nadie es quien parece

El péndulo se mueve de izquierda a derecha como la lógica del sentido lo indica. 
Recuerdo cuando papá me invitaba al río a pasar el día y me decía en la ruta que el sol se escondía entre nubes como yo lo hacía debajo de las sábanas cada noche que le pedía dormir en su cama. Al llegar al lugar de destino siempre me gustaba escribir mi nombre sobre el suelo con alguna rama pequeña caída de un árbol que la ha despedido de su integro cuerpo sin cordialidad. Mientras bebía de una botella de agua bien fría mi papá preparaba la comida del almuerzo. 
Me encantaba acercarme al río como heredera de alguna misión a descubrir entre sus aguas poco profundas. Contaba las piedras con mis pequeños pies que no soportaban la forma irregular de cada pedrusco. Casi siempre llegaba tarde para preparar la ensalada por lo que papá se disponía a servirme el plato terminado. Le regalaba una sonrisa por su labor lograda para mí y me disponía a comer. Luego tomábamos una siesta antes de sumergirnos en el río con el calor de la tarde. Al pintarse el cielo de naranja y un círculo va cambiando de color emprendemos el regreso papá y yo. 
De aquel episodio de pequeña sólo hoy me pregunto por qué me sentí tan cerca siendo que no teníamos nada que ver. Hoy la rabia es contra el reloj que me puso allí demasiado tarde, cuando tomé conciencia de la verdad. 
Mi papá resultó ser mi acompañante y un extraño el responsable ausente de mi existencia.

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