Divertirse no está mal.

Trompetas elevadas, ella baja la escalera como una señorita con modales de prestancia hasta que llega al descanso. Allí, ella dice: -“A ver muchachos, zapatillas, un pañuelo y mi celular”. Cambia de rumbo con su actitud tremenda que siempre genera asperezas. No saca el boleto del bus que tomará un viernes por la tarde en la terminal. Se cambia la ropa, y las zapatillas, se colocará para salir a correr por el parque cada martes que le venga bien. Hoy será la excepción es viernes por la tarde y tendrá cambio de planes. Lleva un pañuelo por alguna necesidad de amuletos y su teléfono móvil por precaución. Se encuentra en la calle con algún amigo solitario que hace días no ve y con un fuerte abrazo lo reclama. Aunque la verdad pueda doler ella lo dice sin dudar. Quiere ser grande aunque a veces disfrace su juventud con bobadas de una adolescencia tardía. Así se desplaza, entre ironías y bufonadas de calibre científico. Se divierte a su manera, bailando sin coreografía pautada y mirando a alguien que la invite a bailar. Lo logra y ella pone las cartas sobre la mesa. Del otro lado la sorpresa es mayúscula al ver su actitud temible de débiles sin coherencia en la vida. Corre por la disco buscando a sus amigas perdidas detrás de alguna columna. Las toma del brazo y las invita a su casa a tomar un café. Compartirán una larga charla, cargada de hipótesis y vanas conclusiones sobre ejemplares del sexo opuesto, esos que en los ojos mientes y con su cuerpo dicen la verdad. Se muerde el labio para opinar de su contrario, pero al fin decide hablar aunque a su amiga le pueda molestar. Está dispuesta a hacerla reaccionar. Mueve sus pies, revoleando su corto pelo al ausente viento, entre cuatro paredes pintadas de blanco con algún cuadro al pasar. Lo mejor está por llegar cuando se sienta al lado del río y eleva un canto al cielo como muestra de que ama la libertad. Te lo digo: “Divertirse no está mal” y tener amigas como vos es un regalo de Dios.

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