Serendipia

Campanas chocan entre sí en un día de lluvia anunciando el mediodía. Abro mi paraguas y dejo que las gotas caigan de forma pareja por las paredes de mi improvisado techo. Estoy buscando algo de felicidad. Alguien dice “¡serendipia! para mí”, como quien ha completado su cartón de lotería. El sujeto mira hacia el cielo cubierto por una manta blanca. Inclino mi paraguas y veo en dirección vertical una especie de semicírculo de colores en el cielo. Un arco iris, eso es todo. No veo la novedad. Continúo caminando y por mi lado un señor de maletín se le cae un par de papeles tras tropezar con una baldosa rota y cubierta de agua. Antes de que el hombre proliferara algunos insultos a su dosis de mala suerte diaria me dispongo a ayudarlo. Instantes después me da las gracias y seguimos nuestros rumbos, opuestos por cierto. Miro mi tatuaje escrito en mi brazo izquierdo que dice en su inscripción “BUSCO EL AMOR”. Ha parado de llover, cierro el paraguas y cruzo por la senda peatonal. En rojo está el semáforo y sigo viendo donde encontrarla, dónde encontrar la felicidad. Llego a mi apartamento y decepcionada me siento en el sillón. Pienso en lo sucedido y me doy cuenta que tengo un hallazgo en mis manos. La vida me ha regalado la casualidad de ayudar, de compartir mirar el cielo y de sentir. Esas cosas que ahora me hacen sentir feliz. En fin, la serendipia es un descubrimiento repentino, el hallazgo de algo evidente pero invisible hasta que lo hallamos. Buscar algo, aún teniendo nombre nos ubica en un lugar ausente de paciencia; buscar algo que no sabemos qué es nos lleva a la irracionalidad e incertidumbre absoluta. Ahora bien, si lo deseado es un hallazgo, quédate tranquilo que el corazón te ha guiado. Levanta las palmas de tus manos y siéntete afortunado si la serendipia a pasado por tu lado, por el costado de tu vida y las ha tomado.

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