Libreta de enrolamiento.
Quiero pasar. No me dejan. Pido permiso, tampoco me habilitan el paso.
Estoy apurada quiero bailar antes de que se termine la madrugada y salga el sol.
Escucho un piano y reconozco su voz. Todos los que están a mi lado me miran como si reconociera algo imposible o añejo.
Ahora que me siento con experiencia entre tanto junior dando vuelta. Por qué será que los demás avanzan sin preguntar y a mí me hacen esperar a un costado. No seré distinta, pues mi color de piel se camufla bastante bien y mi pelo corto me hace parecer varón.
Respiré el aire que en la puerta de aquella disco había. En aquel instante un joven, un junior como yo le digo, me hizo pasar sin pedirme original. Me guiña un ojo y me pide mi libreta de enrolamiento en vez de documento. Reacciono y me doy cuenta que no era ni más ni menos que mi edad la que me colocaba en un lugar selectivo para mayores en vez de estar con los demás menores que leche chocolatada aún ellos beben.
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