Te extraño...
Cierro los ojos para tenerte más cerca al
traerte a mi mente. Pasan los minutos y en ningún lugar que frecuento estás. Mis
pies se impacientan al no oler tu perfume y mis manos sudan por querer regalarte un
abrazo potente. Te extraño, ¡uy qué frase!
Extrañar creo que es el sentimiento de
añoranza, de nostalgia por algo que no está más, a ese alguien que no podemos
darle un beso o simplemente a aquel que nos hacía enojar. El “te extraño”
aparece cuando la frecuencia desaparece, la rutina se ve interrumpida por la
desaparición de la constancia en la presencia de alguien relevante en nuestra
vida. Nos aferramos a eso, a aquel que nos hace bien o mal. Extrañamos con el
corazón lo que nos hace sentir bien, radiantes como el sol y latentes como la
energía en el plutonio.
Si el resplandor podemos ver por la mañana la
nostalgia reaparece como fuego, ardiendo en el pecho pidiendo que el tiempo
vuelva atrás. Ahí comienza el tire y afloje entre el status quo de lo que
sabemos que está y en verdad nos hace bien o mal. Preferimos ese mal al que
estamos acostumbrados a un daño desconocido que estará.
Te extraño. Frase impactante a los oídos en
cualquier estación del año, frase que detiene el paso al pronunciarse y que
hace pensar dos veces antes de partir de un lugar. Una y otra vez ese “te
extraño” suena armonioso si hay una sonrisa que avale un sentimiento verdaderos
lejos de la maldad pero si hay detrás un guiño de costado de los labios hay
resignación por detrás. Resignación a decir “te extraño” y saber que no volverá.
Te extraño, es la muestra concreta de que
amamos lo que hemos tenido en nuestras manos; la revelación de una necesidad
del hoy que antes era costumbre.
Extrañar es la antítesis de dejar partir.
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