Perdido en el andén

Brilla desde el andén. No es un señor con un Rolex y tampoco una mujer de tacos altos con un tapado de lentejuelas doradas.
Brilla una y otra vez, ante los ojos de esa pequeña de vestido con flores azules y blancas. Es tan bella con sus labios rosados que podría bailar rock & roll sin problemas en un día soleado. Es cuestión de suerte y ella la tiene. Un diamante loco, perdido por la imprudencia de un traficante, tiene ante sus pupilas dilatadas y su retina detenida en aquel halo de luz que no podrá olvidar en mucho tiempo.
La muchachita es afortunada, no lo venderá pues le ha tomado cariño desde hace dos horas cuando se sentó a esperar su tren que la llevará a Madrid. Su madre la llama y no lo quiere dejar, perdido entre las vías sin que alguien con alma de mercantilista lo quiera tomar. Su vestido floreado y sus zapatitos negros corren para buscarlo pero su estatura no contribuye para alcanzarlo. Una flor y una cruz la niña podría dejarle a ese sitio si tan sólo pudiera llevárselo entre sus manos para guardarlo en su Bureau. No es posible, prefiere olvidar que no puede, el impedimento de la propia biología del crecimiento.

El desvelo llegará por la noche cuando su mente viaje nuevamente a ese andén y al final haya tenido entre sus dedos no un diamante que provocó la locura de quien lo olvidó sino un ticket para viajar. 

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