La vida de un impar

Cae la lluvia y trato de acercarme a ti. No quiero mojarme pero te sientas en el asiento de enfrente y el esbozo de mi sonrisa desaparece repentinamente una vez más. Esta es la vida del impar. Pensando siempre en dos, alucinando en que se puede caminar mejor si diez dedos se entrecruzan en una calle.
Quizá sea un pecado vivir de la soledad y no en ella. Vivir de la soledad es amarrarse a ella, es tomar lo que ofrece: independencia desmedida, compromiso solamente con los deseos propios y noches de luna llena mirando por la ventana con el abrazo de un poste de luz de la vereda de casa.
La vida de un impar puede resultar interesante pues se aprende a caminar solo, a levantarse la mayoría de las veces sin presencia de alguien. Sin embargo, es aburrida porque al atardecer no hay interlocutor para compartir lo acontecido durante el día, los planes para mañana o las vacaciones del verano próximo.
¡Cuidado con comprender que la vida de un impar es inerte, aburrida y deprimente o que se trata de la egoísta huelga de una pareja sentimental! Para nada. La vida de un impar se soluciona si comparte un binomio de un compañero de clase, de una tríada de hermanos o una multitud de amigos.
La vida de un impar se rige por las reglas propias y no las impuestas. El impar carece de un remate pues el único discurso que escucha le pertenece pero le sobra valor para enfrentarse al semáforo que se pone en amarillo para apurar su decisión. El impar sabe pensar sin presiones porque las saca de su cabeza. Es verdad que los domingos la soledad lo abruma y si llueve como hoy piensa en hacer terapia el primer jueves de abril.

La vida de un impar es sencilla: una sonrisa para regalar, un ceño fruncido para demostrar desencanto y un par de lágrimas para decir que se siente vivo entre la multitud que lo camufla con los auriculares puestos mientras el va cantando una canción de soul.

Comentarios