Jugando a las escondidas

Un tambor resuena desde algún sitio cercano a mí. Se oye desde el sur, de donde viene el viento que siente mi rostro y hacia donde se dirige mi voz. Crece en mi interior la curiosidad del escondite de ese tambor. Me reniego a buscarlo con la mirada y con la compañía de mis pies. Prefiero usar mi sentido que manipula mis orejas  y salvar las distancias con el olor a tierra mojada por la lluvia de la noche anterior.
Sigue sonando, alguien hace que su percusión sea rítmica. Al borde del río me encuentro ahora y creo que la corriente me llevará con él.
Lo siento cerca pero su sonido se aleja. Parece un juego de escondidas ejecutado por un tambor. ¡Magia musical reavivada por la curiosidad de ver sus colores!

Resistiría este juego de dueño y no le haría caso a la razón de perder mi tiempo en lo absurdo de seguir a mi sueño de estar al tanto a lo que en este momento me hace feliz. Respiro y siento la alegría que su sonido constante armoniza el aire enviciado que traigo de la ciudad. Creo que le haré caso un poco a mi mente en eso de que la curiosidad está siempre latente, que siempre queremos conocer todo lo que nos rodea excepto aquellas cosas que sabemos nos causarán dolor. Haré caso omiso a todo esto y elijo seguir jugando a las escondidas con la esperanza de no hallar a ese tambor corriendo el riesgo de cruzarme  a su ejecutante y termine el juego mostrándome el sitio donde yo diga piedra libre.  

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