A cuarenta grados de calor.
Con más de cuarenta grados de calor me escondo del sol. El asfalto quema mis pies a pesar de las sandalias que llevo puestas. Evito cerrar los ojos pues el aire caliente hace arder mis pestañas. El episodio posible de encontrarte me llena de alegría. Un juego a mi medida, con reglas astutas para desafiar el sentido común.
Avanzo con paso firme y con prisa buscando la sombra de algún árbol que me sea cómplice en el resplandor de la urbe. Las reglas acordadas para nuestro encuentro son tres: puntualidad, sinceridad y un abrazo final.
Conoces de mis problemas con el reloj y por eso me advertiste por teléfono que tu tiempo es breve al salir del trabajo. Del tiempo de charla no hay drama, no hay límites mientras queramos juntos estar.
A cambio, luego de escuchar tu ávida voz te propuse otra regla más: la sinceridad. Conozco de tus vueltas para decir algo sencillo y que puede abreviar momentos de dolor o dilatar situaciones de profunda felicidad. Te aseguro que es por tu bien, que otro día puedes avanzar diciendo la verdad y no omitiendo palabras que crees nunca se descubrirán. A la larga todo sale a la luz y nadie puede hacer oídos.
Finalmente y de mutuo acuerdo dijimos que más allá de lo que nos podamos decir luego de un tiempo de distancia lo mejor será no regatear un abrazo final, ya sea de despedida o de un reencuentro más
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