Herederos de papá

De repente te veo leyendo el diario, y mirando las fotos que sacó alguna vez la cámara gastada que allí está tirada al lado del sofa verde, donde está sentado papá y me encamino a buscar un vaso de jugo de limón. Me siento pequeña con cada abrazo bajo la luna de ese alguien que me regaló la mitad de mi vida, la mitad de mi existencia se la debo a él. El recuerdo de su reto por salir de casa sin permiso y mi burla por sus zapatillas de juventud añorada está intacto. “Te quiero” le digo en cada ocasión que me da su aprobación ante un logro con mucho esfuerzo de por medio como una buena nota en Matemática.

Papá te quiero, te quiero como eres, te quiero de una forma parecida a lo que quiero con las manos y con mi corazón. Como digo yo te quiero a mi lado de forma permanente para no caer en las garras del dolor de quien me quiera dañar. Sé que me quieres tanto que darías tu vida por evitar que sufra pero es ese mismo cariño el que retiene tus ganas de hacerlo para que pueda crecer. Papá te quiero. Te quiero porque estás, era una niña cuando me decías que jugara con mamá, hoy soy una mujer y digo que te quiero porque sé que eres tan leal como nadie sobre esta tierra. Dicen mis hermanos varones que te quieren porque les regalaste su primera adicción, la pelota de fútbol; les ofreciste tu acompañamiento en los momentos de indignación deportiva y les firmaste el boletín escolar para que nuestra madre no viera los aplazos. Los quieres, me quieres por igual. Te quiero porque estás presente en cada una de nuestras locuras proyectadas, en los mejores recuerdos que guarda nuestra mente y tomándome la mano para que no vuelque mi vaso con jugo de limón.
Te quiero porque eres papá, mi papá. Porque eres uno de los pocos tesoros de los que la vida me ha regalado y desde que lo tuve entre mis manos no paré de sonreír. Te quiero porque la única excusa que tengo para no quererte es decir que se me vaya la voz por afonía, y aún en ese caso lo podría escribir en Braille con mis dedos. Te quiero porque ser padre es un misterio que no conozco pero que evidentemente te hace feliz y me has hecho heredera de ese misterio bien logrado.

Te quiero y eso basta para decirte que pierdo la razón en solo pensar que puedes dejarme tomando mate sola un domingo por la tarde mientras jugamos a las cartas. Prometo no perderme y tener el valor de ser tu heredera, de ser quien mire el mundo con la convicción de que para ser feliz lo  único que hay que tener es el coraje de equivocarse y seguir adelante. 

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