Esperanzas de una boluda
En la calle de las sirenas quedan las fuerzas y
la voluntad de luchar por lo inaudito, por el amor de un hombre indiferente. Se
pone el mejor vestido que los duendes le puedan sostener al bajar la calle. Imagina
cruzárselo bajo la luna y chocándose de golpe con una rosa en las manos.
Dicen que es difícil que sea posible la escena,
al menos en los seres humanos. Malditos escritores que crean mundos tan reales
con historias tan absurdas.
Ella espera en la vereda de la calle de las
sirenas y se imagina estar con él bajo las estrellas porque el sol ya se ha ido
pues bajo el sol no irán a jugar con las hamacas. Espera, espera, le sobra
paciencia a diferencia de otras mujeres alteradas por una pronta aparición de
un sujeto que les de la satisfacción de hacerlas sentir mujer. Ella aguarda.
Se ha vuelto una obsesión esperar, esperarlo.
No se aburre aunque lo tenebroso de la noche se acerque. Los duendes que la
acompañan deciden partir porque no creen que algo vaya a cambiar. Es evidente
que nadie le ha enseñado a esta muchacha que los tiempos vuelan, y que esperar
a un amor perdido de antemano es mantener viva una esperanza en vano.
En la calle de las sirenas ella intenta creer
que no acabó lo que nunca empezó, que sus sueños no están perdidos y que con
amor siempre todo es posible. Por favor alguien que le avise que aunque le
cause dolor su espera no tendrá recompensa. Quizá su vestido pierda el color
cuando llore sin mesura, quizá ponga los zapatos en sus muñecas para caminar
descalza y sentir la realidad más cruel frente
a frente. Ya no piensa el por qué lo ha hecho, por qué ha creído nuevamente en
lo absurdo de la entrega completa de otro ser hacia ella. Solamente siente,
siente perdidas sus propias esperanzas.
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