Despedirse
Las piezas rotas veo desde
que dijiste adiós. Despedirte es como dejar que el viento tome su curso luego
de despeinarnos. Ahora que canto una canción, una triste canción sobre ti me
doy cuenta que soy el mejor compositor. ¡Lástima haber descubierto mi talento
desde que partiste tras la puerta que da a la calle!
Tomo un pincel y pinto las
piezas que han quedado aquí de tu cuerpo, al lado del aire que respiro. Decirte
adiós, fue ejecutar de mi boca dos misiles hacia el centro de mi corazón. Lo
que no sé es si el malestar está en despedirse sabiendo de antemano que es para
siempre o la incertidumbre de no saber cuanto dura ese decir adiós. Al mirarte
aquella vez supe que sería tu última ocasión para parpadear hacia mí, supe que
tus manos ya no rozarían mi piel y me convencí que tan sólo una carta o Skype
nos mantendrá conectados. Al menos la tecnología está de nuestro lado. Ahora me
pregunto ¿cómo despedirse cuando la partida es repentina, veloz y no da
siquiera a formar la palabra adiós? En esos casos ocurre la tragedia, el dolor
de ausentar nuestras palabras de cariño para con ese alguien que hemos amado.
Me convenzo que despedirse
es el momento más cruel de la vida porque se parte nuestra alma, se desprende
un capítulo o varios de nuestra historia y un arroyo se forma con las lágrimas
retenidas para mostrar valor en una situación horrorosa como admitir que,
alguien ya no estará para contarnos un cuento en las noches de tormenta.
Eso ha quedado desde que te
despedí, piezas rotas que ahora pinto de color marfil. Sin embargo no me
lamento, siento que en algún momento se dará el reencuentro final, y allí no
hay adiós sino un saludo inicial eterno. Quizá un avión nos separe, un océano
nos divida pero si el cariño permanece intacto nadie será capaz de tomar las
piezas que tu adiós dejó a mi lado.
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