Julietas demacradas que no encuentran a su Romeo.

Balcones vacíos y un duende en la puerta de cada jardín esperando que alguno de los dos aparezca. Ella o él. Julietas que peinan su cabello frente a un espejo rectangular, que descalzan sus pies y lo combinan con un bello camisolín de seda color canela. Él, indeciso no sale de su lugar. Julietas que aguardan que él golpee su ventana con una piedra, ellas salir al balcón y escapar juntos a algún sitio propio de dos. Con el paso de las noches se derrumban las esperanzas de que Romeo aparezca de improviso. Se esfuman las ganas de peinarse, se colocan pantuflas en los pies y el camisolín es cambiado por un jeans. ¿Qué ha sucedido? Julietas han salido a buscar a Romeo sin saber la intención de cada una. Cientos de muchachas se cruzan, se encuentran y nadie habla. Vestidas de manera disímiles, con el rostro de búsqueda implacable. Julietas que buscan, no encuentran y finalmente deciden volver a su recámara. Se colocan el camisolín otra vez, peinan su cabello, se acuestan y esperan que un nuevo día les alegre una vida sin acompañante. Se han sucedido navidades, cumpleaños y la fiesta popular de independencia y Romeo no ha dado señales de existencia. Ellas lo asumen sentadas en su escritorio escribiendo con su cara en un mar de llanto, que el tiempo de espera ha caducado quizá. Su rostro ya no luce con la juventud y la mirada brillante de tiempo atrás.

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