Trío.
La cortina de azaleas que limpian el parabrisas ausente, serán las mismas que lleven esas camas de la desolación. El espejismo de tres pequeños. El mayor con la solvencia y las travesuras de su edad, quien jugaba a un juego de palabras mientras en el asiento de atrás iba y el anzuelo de esa última mamadera, permanecen parados como si su vértigo final lo vieran congelado por la ulterior escena. El rastrojero azul que sus ilusiones juegos de pelota y hamacas llevaba las dejó en el asfalto desparramadas como el manojo de llaves que alguna vez estos tres pequeños dejaron sobre la mesa.
Los tres miran, sonríen y desaparecen en la luz del foco del testigo único.

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