La violencia nunca es buena

Andaba en bicicleta y repentinamente todo a mí alrededor se oscureció. Los árboles ennegrecieron sus hojas, el cielo se enojó y gritó con truenos y fuertes gotas explotando en llanto. El cemento parecía barro y tuve que parar.
Hice memoria y pensé a qué me trasladaba esta sensación profunda e inquietante. No lo logré pero instantes más tarde, vi sobre el banco de una plaza un cartel de #NIUNAMENOS. Ese hashtag como dicen las redes sociales, y los medios masivos de comunicación. Lo levanté suavemente mientras mis manos temblaban del frío porque había empezado a llover.
Lo miré varias veces al cartel y ahora puedo decir: que la violencia nunca es buena, citando al Chavo del 8.
Que la violencia evoca a modos intolerantes de convivir en cualquier comunidad.
Que la violencia no distingue géneros pero es verdad que pega más fuerte a los débiles, siempre, a quienes están tapados por el silencio y son hijos del miedo.

Hoy puedo decir que la violencia está tan arraigada en lo cotidiano que duele y mucho.
Busquen, miren alrededor y encontrarán: niños siendo rehenes de disfunciones familiares, ancianos a los que se les falta el respeto a su sabiduría de años, a adolescentes juzgadas socialmente por quedar embarazadas como si hubiese en la Constitución una edad estipulada o prohibida.  Eso es violencia también.
La violencia es un acto de denigrar al otro, a un semejante con iguales derechos y que se expone de formas diversas: verbalmente, por omisión, físicamente, económica, política y socialmente.
He decidido resguardarme en una parada de colectivo pues no me puedo mojar más. El cielo llora a más no poder, recuerda a los sepultados por la violencia, le reclama al poder judicial acción en los casos donde la mujer-madre-hija-hermana ha sido arrebatada de una ciudad, de un país que avisa una u otra vez que algo no funciona.


La violencia no tiene justificación aunque hay una manera de avalarla: callando cuando en el país de la libertad las calles se visten de negro y diciendo #NIUNOMENOS.

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