Somos un halo de luz.
Nadie podrá separar el vínculo que construimos
caminando juntos en calles de tierra viendo pasar un colectivo cada una hora y
una escuela pintada de amarillo a lo lejos.
Pensé que ser feliz era algo más complejo de lo
que descubrí es en verdad. Mirarnos a los ojos basta.
Somos muchos afortunadamente. Si no iba a
visitarlos, ellos compañeros de camino, los cuidaban igual. Creo que cada
sábado jugamos a ser sus profes por enseñarles algo de matemática, lengua y
alguna que otra lección de inglés. Algo deben haber aprendido seguramente pues
de vez en cuando nos muestran sus libretas y nos hacen sentir mejor.
Sin embargo, el rótulo de profes conoce el piso
cuando vemos que a veces no sabemos resolver situaciones de tristeza traducidas
en llanto, en la impotencia que la propia violencia genera. Nuestra voluntad
entonces conoce el límite de nuestro accionar y perdemos la paciencia en la
reunión de los martes debatiendo qué hacer al respecto. Le damos vueltas a la
cuestión y pecamos de confiar en que podemos encontrar la solución.
Afortunadamente un halo de luz hace que reconozcamos que nuestra voluntad de
cambiar sus vidas no siempre es posible, querer cambiar sus mundos es tan
difícil como elegir un pan duro en vez de una torta recién horneada. Este
ejemplo lejos de ser absurdo lo vemos una vez
a la semana. Ellos eligen lo mejor, nosotros ponemos lo mejor de cada
uno.
Con ojeras, trasnochados, descansados en el
mejor de los casos siempre vamos. Nada nos detiene. Con calor a principio de
año, con frío y tiempos de exámenes más adelante y con el cansancio propio del
trajín del año nos tomamos ese bendito azul a nuestro barrio. Sí, ya es nuestro
barrio. Es nuestro lugar y los vecinos no dudan en decirlo. Un orgullo que
implica compromiso.
Hemos crecido más que como profes en pedagogía
como personas, porque al salir de nuestra rutina solamente para leer una tarea
ajena de escuela damos nuestro tiempo. Tiempo para preparar, para debatir, para
construir entre varios un escenario con más oportunidades para ellos.
El recuerdo es un deseo, el olvido algo
posible. Es preferible que no nos olviden por haberlos hecho jugar en la plaza
a que nos recuerden simplemente por haber pasado varios años en ese lugar. El
recuerdo es inconsciente ya que se puede borrar
pero el olvido es una decisión deliberada de la mente con algo de
sentimientos del corazón.

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