El amor. Riesgo y elección.

Se ha corrido de ese lugar. No le gusta ser protagonista de eso que la mayoría dice amor entre dos. ¿Es timidez? No. Es miedo. No llega al terror pero sí al miedo que paraliza y que tiene como respuesta el no.
Juro que es verdad, no les mentiré pero la voluntad de ella en verdad es creer, creer que puede amar y ser amada.
Le sobran neuronas para admitir que la definición del amor es errónea cuando se la busca en un manual y que en la práctica no tiene límites establecidos, se vuelve difuso. La altera. Para ella es blanco o negro. Es o no es. Tiene entidad ontológica o no la tiene.
Ella es extremista lo sé, pero más allá de estar de acuerdo o no hay algo que es ineludible: su posición sin matices muestra sin fisuras lo que es verdad y lo que no lo es.
Veo que da dos pasos más hacia atrás. No le gusta, no quiere hablar del amor. Está bien, le daré con el gusto y reflexionaré solamente contigo.
Ser protagonista de nuestra propia vida nos pone en el centro y eso implica que hay que esmerarse para no pasar el ridículo delante del resto. Ni el más desentendido con los comentarios ajenos hace oídos sordos a tal detalle. Aquí me detengo porque ser protagonista en nuestras vidas implica que adopto mi papel con todo lo que el libreto tiene anotado: la vestimenta, el discurso, la actitud y la manera de amar. Estas cuatro cosas son diferentes con otros por más que se asemejen un poco.
Para usar la vestimenta, plantear el discurso y mantenerlo ante las adversidades en conjunto con nuestra actitud es necesario dejar la timidez. Puedes manejarlo y lentamente se irá y tu actitud cambiará pero la manera de amar requiere sin lugar a dudas dejar el miedo.
Haré un juego de palabras. Dejar el miedo es una acción que lleva directo a correr el riesgo que antes significó una decisión previa o instantánea. La decisión rompe el hielo y nos invita a correr los riesgos posteriores pero con la convicción de que los miedos por delante no paralizarán sino que serán un desafío para crecer delante de los demás.
Algo debe quedar claro. Para correr el riesgo hay que decidir. Esa decisión antes de hacerla por otro debe ser tomada por nosotros mismos y allí resplandecerá la manera de amar que prefieras para con los demás. Eso es a lo que ella le tiene miedo: ser protagonista y amarse un poco más de lo que le diga el espejo en la mañana al despertar.

Perder el miedo, dejarlo ir es una decisión tajante, no hay vuelta atrás. ¡Cuidado! Perder el miedo no necesariamente te hace valiente pues si te convierte en un actor de reparto no habrá valido la pena que hayas tomado la decisión más importante: arriesgar para aprender a amar. 

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