Romeo, el culpable del desvelo.
Amor eterno, amor prohibido que atraviesa muros
y escala balcones, absurdo. Él, ríe.
Romeo es consciente de que las estrellas no
estarán para los sueños que continúan dibujando las más sensibles de cada casa
familiar. Conoce a la perfección el juego de la seducción y gana siempre cuando
pide perdón por llegar tarde. Pide la mano y ellas caen a sus pies, propone
algo indecente y ellas sonríen por ello.
Romeo con el nombre que quieras ama la libertad
por eso no está atrapado detrás de un balcón, más bien corre cuando siente la
luz sobre su sien o el grito que lo pone en evidencia. El amante perfecto, el
que busca la lindura y culpable del desvelo de las damas.
No es esclavo de su apariencia pero sí del
discurso que su amo le impuso al crearlo. A los hombres de hoy les cae sobre su
espalda ni más ni menos que contradecir la belleza del barón que se arriesga,
que busca y no aquel que espera en un banco de la plaza donde jugó fútbol dos
horas antes. ¡Ay Romeo, Romeo! Culpable eres de otro hombre, de la locura de
quizá un amante obsesionado.
Lugares del mapa mundial recuerdan ese
encuentro amoroso iluso y alucinante al mismo tiempo. Demasiado perfecto para
ser verdad.
A pesar de conocer que es parte de una ficción,
él sigue siendo dueño de los sueños ajenos de las mujeres y el culpable del
desvelo de noches de invierno y verano.
Prendo la radio para escuchar algo de música y
miro al techo, creo que el cielo raso se queja de que todavía yo siga hablando
de Romeo, uno sin rostro para mí. No hablaré de mí.
Romeo es el culpable. Deberá responder por las
desdichas amorosas donde se observa su lado cobarde, poco romántico, olvidadizo
y distante. Deberá hacerse cargo de las mentiras que dice cuando cambia de
opinión por sentimientos de una mujer a otra o cuando deja de sonreír en una
fiesta de disfraces. ¿Es mucho, verdad?
Está bien. Romeo será absuelto, pues es un
personaje y solamente eso de una historia creada en tierras lejanas, mas no
dejará de ser culpable de que Julietas como yo le guardemos algo de rencor
cuando no se acerque al balcón un día de sol.
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