Juego loco, Simon dice.


El ajedrez que tenía en la mochila lo he sacado para jugar contigo. Siempre muevo el primer peón pero quiero saber si eres capaz de alguna vez de hacerlo tú primero. Lo dudo. Pasan unos minutos y el juego no ha empezado todavía, pasa una hora, unas horas y permanecemos en la misma posición. Yo estoy sentada en la parte superior de un banco de  plaza y tú en el suelo como para no perder el control.
Aquí me tienes, no me moveré, no moveré una pieza más a menos que me lo pidas diciendo “por favor”. No es orgullo, es dignidad. Creo que hay algo peor que mi obsesión por ti y es la desesperación de tu indiferencia para conmigo. ¡Vamos niño, mueve tus dedos al fin!
Sabes que me puedes si me sonríes levemente. Lo sabes y te aprovechas de ello pero he decidido no hablarte por unos días para tener valorar tu silencio. Háblame cuando quieras porque estaré pero mis brazos no quieren dejar de insistir al pedir un abrazo tuyo. Empieza en mis pies, y sigue por mi nariz la sensación de molestia cuando no estás.  


Quiero que juegues, pero en lugar de hacerlo real, juegas a tu modo con mi paciencia absurda y traviesa. Está bien, si juegas de esa manera yo haré lo propio con mi ley de hielo. Si te acercas permaneceré inerte por más que las ganas de darte un beso me abrumen. ¿No lo haré? En esta ocasión, en este mismo momento al decidir que no muevo mi peón te demuestro mi cambio de opinión, mi cambio de actitud para un niño tonto como tú. Solo espero que cuando te decidas a jugar yo ya no esté y por ese entonces esté respondiendo la pregunta de “Simón dice…” Tenlo en cuenta que por más que me sonrías quizá no alcance para que te espere.

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