Noviembre.

El calor de noviembre cuando las hojas de los árboles se engrandecen ante el sol. Otra vez el año se termina y de repente quiero estar en mayo para ver la lluvia caer. En aquel mes veía por la ventana tu mirada a través de cada gota derramada por el cielo. Noviembre me llama a decirte ¿qué tal? Es cuando comienzo a hacer el resumen de lo vivido en el calendario de este año. Duele saber que te has ido y que tendré que esperar a mayo para volverte a soñar. Pero vale la pena darme cuenta que en noviembre las flores me harán compañía hasta que eso suceda. He pensado tonterías aunque ya no lo haré. He crecido más de lo previsto y no seré más la niña que jugaba a las muñecas. Pensaré que el mundo real es sólo el posible a pesar de que soñar no viene nada mal. Llegará navidad y será el momento en el que todos pediremos deseos por algo mejor. No es absurdo pensarlo en noviembre pues sus treinta días volarán como la última bandada de pájaros que partió en abril. Algunos querrán volver a casa, otros querrán vacaciones y a otros le tocará estudiar. Estamos cansados, es verdad. No podemos tomarnos un avión para escapar de la rebelión urbana que nos molesta con el calor habitual de temporada estival. Es una de las últimas brazadas en el río que atraviesa la ciudad que hemos cruzado más de una vez, en mi caso para ir a la facultad. No se tú. Respiro y me atrevo a decir que noviembre es un mes de disposición, de trabajo y actitud para afrontar lo que resta para llegar al final.

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