En el ojo del huracán

Ella ha mordido una silla, saboreado la herida. Todo le huele a violeta, la gente camina hacia atrás y en la esquina hay un cartel de futuro preciso. 

Contradicciones, un diluvio de imágenes sobre su lengua, que es incapaz de nombrar. 

Detrás de las rejas de la libertad va a naufragar en un mar de tinta violenta. Hay un huracán. Allí... cerca de la cama mal tendida.

La quietud la observa y le respira sobre la cicatriz de cuando se cayó de la bicicleta. Tenía siete y le quedaron tres puntos tras caer en el barro. Las tormentas se parecen en el preámbulo: que serán malvadas, veloces y sonoras. 

Ella mastica las últimas partes de la silla y ahora huele a gris. Mientras hace la digestión de la estabilidad adulta, un estruendo rompe el aire, es el primer relámpago. 

Se esfumó la quietud, la gente ahora camina hacia delante. El cartel de la esquina lo cambió alguien y dice circule con precaución. Luces fluorescentes de advertencia, escena de normalidad. 

Pero ella estaba bien, saboreando su herida. Hasta que la tormenta posterior al huracán pasó. Desde adentro, desde el corazón maleable al viento tiene un futuro preciso, pero si llueve la tinta la desborda. 

Las tormentas no le gustan por dos razones muy estúpidas: asustan a la gente y generan un caos innecesario. 

El huracán es más violento, pero se lleva el peso y deja el suelo limpio, con otra perspectiva.

Con las personas es lo mismo. Las personas tormenta que vienen, te acomodan los martes, hacen ruido los jueves y los domingos cuando no hay nadie cual relámpago se van a otra parte. En cambio, las personas huracán, ellas sí que vienen por todo, incluso pueden robarte el corazón. Ella solo sabe, los ve con frecuencia antes del atardecer.

Las personas huracán observan en la quietud, pero basta que huela a violeta, que te vean degustar la herida para que aparezcan y arrasen los restos de tu vida.

Las personas huracán son las que caminan en sentido contrario, sacan lo mejor y lo peor de uno, y al preguntarle su nombre te responde con un cartel de futuro preciso. Ella lo sabe, a las personas huracán hay que dejarlas pasar, quedarse en su ojo y quizás vuelva para quedarse y ser una tormenta todos los días. 




 

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