A muchas millas de Gaza

A muchas millas de mi casa solloza un niño con la cara llena de polvo y sentado en lo que antes era un escalón de escalera caracol y hoy se ha convertido en un montón de escombros.
Le duelen los oídos de escuchar las sirenas a cualquier hora del día si es que puede ver el sol entre tanto dolor. Sus tímpanos explotan al instante que un misil es lanzado y con suerte derribado. No importa si está de un lado o del otro. Ese niño es el espejo de una frontera que divide un odio inentendible, tan cegado por la miseria de acabar con todo lo que hay a su paso.
 Este pequeño hace rato que no puede jugar porque está solo, no puede sonreír porque ha perdido los motivos para hacerlo si ha visto a su familia morir. Los meses masacran sus manos que no paran de contar los días desde que el delirio militar empezó.
Desde este lado del océano le grito que huya a un hospital y baja la cabeza. En árabe levanta un cartel que dice que nadie está a salvo, los enfermos y médicos quedan librados a la voluntad del viento y el calor que queman sus pies. Intenta apoyarse sobre una pared que tambalea apenas él se arrima.
Es increíble ver que lo que para nosotros es un juego de maderitas que llamamos “yenga” para ellos es su realidad constante. Todo es sensible al movimiento de humores ajenos que han atrapado su libertad.
La guerra no se justifica. Habrá diferencias siempre, en ellas está la riqueza del compartir. Sin embargo, la vida no se discute. Ni de un lado ni de otro.
No logro entenderlo. Para mi sorpresa siento que un abrazo desde varias millas me consuela.

EFE/MOHAMMED SABER


Este niño, está desvastado. Ha visto sangre derramar por calles eternas de su barrio y sus pocos libros se han quemado. Y aunque en un refugio ahora acampará lejos de mi casa siente por primera vez, que su dolor, que su angustia es compartida a miles de millas de Gaza. 

Comentarios