No soy amiga de lo ajeno.

Lo ajeno a mí es aquello que no me da calor. Vienes y te marchas con el viento polar. Ya no quiero esperar tu sinceridad porque la perfección del reloj se está derrumbando a mis pies. Perdóname, no es correcto que parta mas me gustaría quedarme en esta habitación. Pero me eres ajeno ahora.
Tomo mi mochila azul que dentro lleva mis pertenencias: un cuaderno compañero de andanzas, algún libro ocasional de lectura y el estuche de los anteojos que uso ya que mi miopía es evidente.
Salgo de la habitación de tu departamento del cual tengo la llave, cierro la puerta y dándole dos vueltas a la cerradura, la aseguro ante la posible entrada de intrusos. Esto de vivir en la ciudad hace que haya amigos de lo ajeno. Camino por el estrecho pasillo que me acerca al ascensor que me dejará en planta baja tras descender del cuarto piso donde vives. Espero esa especie de pecera metalizada, cosa que nunca me gustó pero mi estado físico no contribuye como tampoco mis ganas para tomar las escaleras como alternativa. Se abre de par en par, y en un paso estoy dentro. Marco PB y enseguida en un movimiento descendente llego a mi destino. Tomo la llave que guardaba en el bolsillo lateral de mi mochila y le se la entrego al portero, diciéndole adiós. Todo lo que te pertenece me es ajeno a partir de esa noche cuando me dijiste prefiero la soledad. Más tarde retrocederías en tu decisión, colocándote en un rincón. Te miré de soslayo y te contesté que todo estaba bien. Te mentí. Algo se quebró. Tus palabras no me tenían como destinataria o quizá yo sentí que las dejaba pasar como río que trae la creciente.
Mi teléfono celular comienza a sonar, lo veo y le sonrío al aire. El muchacho que camina en dirección contraria  a la mía se hace dueño de ese gesto que no es de su propiedad pero prestársela por un rato no me molesta. Me llamas insistentemente.
Pienso que la decisión de no atender la llamada no es un juego de orgullo sino la convicción de que eres responsable de quien dejas entrar y salir de tu vida. Tú vuelves propios a los amigos que quieres y le pones el rótulo de ajeno a los problemas que no te interesan resolver, a las personas que no te divierten. Y eso pasó. Dejé de divertirte con mis chistes inoportunos en una caminata por la ciudad.
Somos dos desconocidos, ajenos a nuestras miradas que quizá se crucen alguna vez más.


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