Un clavo saca a otro clavo



Lo hice otra vez. Llegué diez minutos tarde a donde no me invitaron. Me río porque el lamento está pasado de moda. La locación hizo un minuto de silencio para entender qué pasaba mientras sentía la traición.
Llegué tarde a una cita, la última con vos.  Ya empezaba a lamentarme cuando te vi beber besos de otra fuente. Y lo siguiente fue el corte de suministro sin aviso y la cañería de mis venas a punto de explotar. Mis manos tapando el coraje para dar media vuelta y levantar cabeza ante el impacto visual.
Pensarán que el despecho hace que luzca mejor cuando camino pero no. Te has ido y me dejaste lo mejor: mi autoridad cuando miro de frente mientras el resto murmura. Te has ido es una manera de decir cuando el resto pregunta qué paso con los planes de una relación en construcción. Lo saben y comenta alguien: un clavo saca a otro clavo.  Lo repiten los demás y  si supieran…
Si supieran que un clavo no saca a otro clavo, ni en una madera y menos en mi corazón. Porque cuando quiero lo hago a corazón abierto y nadie es un clavo para golpearle en la cabeza como lo hicieron conmigo ese domingo.
Es que de la bronca podría correr a una ferretería en busca de otro clavo para olvidarte o denunciaría la falta en tu medidor de daño colateral. Pero sigo sin creer cómo pudiste cancelar la última cita sin llamarme. Llegué tarde y vi cómo me borrabas de tu memoria en un instante.

Al dolor lo llevo por dentro y la burda historia de un clavo saca a otro clavo no aplica para mí.  La suerte está en otra sucursal con tu nombre de titular y la caja de herramientas sin tocar.


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