Sin pantallas
Cada minuto que pasa es una
paleta que pierde colores. Pantallas y más pantallas mirando todo y viendo
nada. Miradas que no encuentro porque prefieren contestar un mensaje a conocer
qué me pasa, qué le pasa a quien convive con nosotros.
Cada minuto que pasa es una
actualización permanente de cualquiera. No me digas que te interesa. ¡No! ¡Por
favor! La zambullida virtual te ha hecho creer que el amor ha dejado de doler,
que los malos ganan o que ser famoso te hace sentir mejor.
Hace falta que te quieras, que la
pantalla seas vos frente al espejo. Hace falta que dejes de mentirte con
historias en tu cabeza suponiendo cosas creadas en redes para redes y no para
vos. Vos persona, de carne y hueso, que sonríe por los ojos y odia que lo
despierten de la siesta.
Cada minuto en cada pantalla ha
convertido tu día en una dependencia emocional de un visto azul o un corazón
sin latir. Nada de eso te quita el aliento como un abrazo real, un beso por
sorpresa o el llanto disimulado porque queda mal.
El recuerdo más reciente en mi
memoria saturada de imágenes es haber sentido frío mientras esperaba el
colectivo para volver a casa. Es que el estímulo permanente de las pantallas
hace que disfrute de la miopía y aproveche los otros sentidos silenciados. Y cuando creo respirar algo de tranquilidad
suena el teléfono. La pantalla se enciende y no logro responder. Me río porque me
han dicho alguna vez: no tengo tiempo de llamarte o tenía en silencio el
celular.
Si supieras que tu tiempo
invertido en borrar la huella digital de tu índice se llevará la capacidad de
hablar, de dialogar y comunicarnos de verdad.
Tengo mi garganta gritando cada
minuto tiene un color asignado para pautar un encuentro más cercano con vos,
con mis amigos, con mi familia.

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