Aquí. Mi pequeñez real


Aquí estoy.
Aquí estoy: entera con mi trench verde tal como salí de casa. Haría una excursión y una serie de retrasos lo impidieron.
Cinco de la tarde, frío en la meseta anterior a la columna vertebral de la tierra que emerge delante de mí. Sin cámaras para registro visual me limito a observar con la respiración. Los pulmones se adueñan del aire desintoxicado de palabras y promesas incumplidas. Mis pies quieren permanecer aquí. Este lugar hace de la pequeñez real una virtud, de mi silencio un grito de impacto a los pensamientos todavía dando vueltas.
Es que la desconexión es incompleta. Quiero compartirte la maravilla blanca que admiro pero aquí estoy.
Por primera vez presencio la conversación entre la tierra y las nubes. Su lenguaje es a base de vientos y sismos, de agua y fuego cuando la corteza tiembla arrojando lava. Creo que están en una discusión porque apenas se sostienen la mirada. El río congelado comenta por lo bajo que al inicio del verano estos amantes llenan de flores el lugar.
¿Es entonces una cuestión de clima? El río se ríe y se rajan algunos hielos en su superficie. Claramente no.

Las nubes le rozan el cuello a las montañas cuando está triste y ella le susurra que nadie la cuida como la bruma que la visita por las noches. Sigo sin entender.
El río se ríe y me dice: si es que no te has dado cuenta que desde tu llegada el corcovado terreno te mira sin descanso. Las nubes se han brotado en celos y por eso está pronto a llover. La montaña ha cambiado su humor por eso la variedad de colores que ves.

Aquí estoy. ¿Qué hago? Espero al sol o vuelvo a casa. El río se ríe y conoce mis intenciones de correr cual cobarde. Es que la naturaleza es enorme y mi pequeñez real ahora una amenaza para las nubes odiosas. Lleno mi ser de aire y los miro en plena discusión. Me voy para que su reencuentro no se demore como yo hoy a la tarde.


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