Viajar es un verbo polar

Viajar es una acción en espejo: se espera con los pies descalzos partir y se escucha la típica frase de despedida “nos vemos  a la vuelta”.

Viajar es el verbo que muta de alegría a desparpajo, de risas provocadas por la vestimenta de un extraño. Viajar es un abanico de colores: pasión, libertad, aire fresco, costumbres llamativas y la des contractura al bailar sobre el adoquín. Crees que podrías pasar de tren en tren, te subes a un ferry y te bajas en el puerto con otra bandera y no olvidar tu sonrisa aunque pierdas la maleta.
Es el verbo que nos hace creer que lo que pasa lejos, lejos queda.
Te han mentido. Lo que suceda lejos de casa a casa volverá contigo. Volverá en recuerdos anillados en los axones de tu mente. Por eso es polar, sucede y se repite en el otro polo en forma de memoria selectiva.
Lamentablemente el cielo es amante de tus ojos. El cielo delata la ausencia de tus cosas, de tu raíz, te hace admitir que quieres regresar a casa. Dime si en un momento de éxtasis no bajaste la cabeza, diste media vuelta y al beber un vaso de cerveza dijiste:” la pucha si estuvieran…” pensando en las personas que quieres,  a las que les mostraría tal lugar o compartir esos momentos. No te desalientes.
Viajar es un verbo polar porque da frío cuando te quedas sin dinero pero es caliente si el compañero de apartamento te regala una buena taza de café. Viajar es un verbo, implica acción, cambios y de la dosis de pacientencia- mezcla de paciencia con resistencia-.
Si viajas eres un afortunado, eres valiente y un embajador de tu país.

Cuando mires el cielo la próxima vez no bajes la cabeza sino más bien cierra los ojos y pide un deseo. El cielo es amante de la luna y para que no lo moleste le da una lista de deseos a cumplir. 

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