Un Tal Romeo

La cosa no va así. No es caridad ni piedad, es cuestión de cambiar el semblante. Cuestión de robar una sonrisa de costado y que brillen los ojos sin presencia del sol.
Un tal Romeo me dijo: 
- Te invito un trago, prometo no pisarte y dejar que hables hasta que te canses.

Admito que si no había algo ilegal en esa propuesta sonaba extraño en tiempos de osadía y publicación instamoment.

No visto de ropa deportiva y tampoco tengo los músculos marcados. ¡Vamos! Es un trago sin horarios ni promesa de compromiso. Tanta rosca para pasarla bien, me dijo en lo que creí sería su único intento de convencerme.
Abrió sus manos y al pasar por su lado este tal Romeo al que no le sé su nombre me desvaneció el perfume y me limité a hacer la señal de la cruz.  
Me sentí como todas, iguales. Tonta y rendida al desbalance de mis neuronas que se chocaban entre sí para lidiar con lo “correcto” por el desconocido o la simpatía de un tal Romeo.

Acepté la invitación, después les cuento si me dejó hablar hasta el cansancio o se transformó en un galán de telenovela sin gracia.

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