Apología al no tener.

Hay un ejercicio que es vital para vivir sin tanto drama. Sonríe sin causa y luego mira al cielo y piensa en aquellos que ya no están.  Estos tres pasos simples son la base de la psicología de tiempos modernos.
Todo es virtual. Hemos dejado de sonreír porque nuestros rostros ya no se reconocen en otros sino que se hayan hipnotizados por pantallas de colores que la tecnología ofrece.
Hemos dejado de ver el cielo porque queremos tener todo en nuestras manos. Nos hacen creer que todo es posible y lo que se ha ido desaparece, se condena al olvido.
Hemos dejado de pensar en aquellos que ya no están por temor a que nos tilden de vivir de lo ausente, de recuerdos y de no progresar. Tres siglos hablando de progreso, de avances y hoy eso ya es una hipocresía.
Me pregunto si avanzar es tener y obtener sin compartir. Si tener implica acaparar y pensar más en la forma de no perder nada de lo que tengo que en pensar en aquellos que me ayudan a sostener mi vida prefiero no tener.
Prefiero no tener porque perderé lo que no se disuelve, no caduca con el tiempo. Son esos vínculos con los que crezco, con aquellos que me hago grande en mi pequeñez real de influencia mundana.
Hoy no cierro mis manos para aferrarme a lo que no deseo se me escape sino que las abro para dejar ir lo que pierde sentido cuando no estoy en la ciudad y recibir a aquellas personas que le dan luz a mis ojos en tiempos de tempestad.

No soy lo que quiero tener o tengo en verdad, soy lo que me construye cada día. Soy una esencia absoluta de creer en que cualquiera puede brillar. 

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