Mar Argentino. Treinta y dos años.
Cierro los ojos y creo oler un aire fresco en
mi nariz. Junto con esa oleada vienen recuerdos con fotos del Mar Argentino, un
soldado con un par de cartas en sus manos.
La foto lo muestra caminando sobre el asfalto,
con el rostro cansado. ¿habrá leído esas cartas que trae consigo? No lo sé.
Abro los ojos repentinamente porque siento que
la tristeza me arrebata la concentración.
Malvinas, sólo eso.
Treinta y dos años y una herida abierta. A
veces olvidar hace que aquello que duele, no se sienta tanto, que guardar las
fotos nos cancele la memoria de acceso a los recuerdos y que callar evita decir
palabras que hieran una y otra vez.
La herida de la guerra llevada a cabo por
imperialistas y enfrentada por inocentes – de los dos lados- hay que revisarla
todos los días por los que dejaron huella allí en el sur con su cuerpo y alma y
por aquellos que regresaron marcados a fuego para toda la vida.
Olvidar es un verbo mediocre y espantoso que
busca ocultar.
Habrá cientos de momentos de amnesia en mi país
pero Malvinas seguirá ahí, viva con ellos, por ellos.
Habrá caídos pero no silencio.
Habrá negativa para negociar pero jamás
volveremos a abrir fuego para romper la paz.
Habrá ganas de revancha y de agrandar el
orgullo del triunfo pero creo que si me detengo un momento puedo decir que al
recordarlos, que al no olvidar el dolor de esa nefasta y cruel guerra hemos
crecido mucho más que la otra isla.
Recordemos, no vivamos de recuerdos y construyamos
un futuro lleno de paz para los hijos de quienes nos contaron uno de los peores
capítulos de nuestra historia común.

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