La suerte está echada

Hoy tengo en mis manos las monedas de la suerte de mañana. Dirán que todo estará bien más allá de los desajustes no previstos en mi camino.
Habrá un guardián asistente a mis tropiezos. Confío.
Confío en que esas monedas le devolverán el favor al cielo de haberme dado la vida de prestado. No descansaré hasta saldar aquello que me hace sentir viva, esa luna que le hace sombra a mis pies o el viento rugidor a mis oídos.
Confío en mañana, en ese amanecer nublado, en el sentimiento de volar con mi mente dormida en la madrugada. Confío en las pequeñas cosas, aquellas que hacen un poco más interesante mi camino. Un paso de más y estaré en el abismo.
Hoy pienso en mañana. Difícil de alcanzar o razonar. El pensamiento a veces resulta tan absurdo como los sentimientos por alguien con la diferencia de que nunca es absoluta verdad. El pensamiento se disfraza, se camufla de palabras bonitas, sencillas o complejas. El sentimiento se evidencia en una mirada desviada  a la izquierda, en un parpadeo desconcertado, en el movimiento alborotado de las manos.
Muevo las monedas entre mis dedos que le hacen de fuente improvisada y las lanzo al aire. Son tres monedas, dos de ellas doradas y la restante de una plata asombrosamente brillante. Caen al piso. Sobre mis pies tropiezan y decido no mirarlas. La suerte está echada y no quiero conocerla. Es de madrugada y prefiero esperar a mañana. Sí, hoy elijo no saber y confiar en mañana.

Es la miseria propia que el miedo humano genera. Arriesgar, dar un paso atrás y esperar a que las cosas sucedan a su tiempo. En verdad esa parece ser las reglas de juego más allá del tarot. Si la luna se eclipsa y Saturno se enoja con Titán nada de lo previsto ocurrirá. Permanece hoy, aquí. Mañana tomaré las monedas reposando en mis pies y conoceré por fin que hay en el camino para mí. 

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