La traición.
Odio que me mientan. Detesto aún más que me digan la verdad a medias.
El otro día tuve una ardua discusión sobre si mentir es una traición. La traición es un delito porque se rompe una regla, la de la sinceridad que nos muestra transparente ante los demás.
La traición es un hechizo que congela los momentos posibles de felicidad verdadera. Si una traición realizada produce beneficio propio a cambio del daño ajeno es como romper un espejo, no tiene reparación. Ahora bien, si la traición nos ocasiona dolor para que otro esté mejor pues sigue siendo traición y no resignación. ¿Por qué? Sencillo. La traición es a nosotros mismos.
Te diré en qué se diferencia la mentira a la traición. La primera es un cheque vacío, sin nombre; la segunda tiene ese carácter porque los destinatarios de ella nos son cercanos, existe un vínculo concreto de amor entre medio.
Le puedes mentir al chofer si le dices que pagamos el boleto y no lo hemos hecho. Pero si le mientes a tu mamá diciéndole que has aprobado un examen y no ha ocurrido estás traicionando su confianza basada en el amor que tiene por ti.
La traición es enemiga de la confianza, le teme a las consecuencias de ir de frente enarbolando la bandera de la verdad.
Mira, la traición no es solamente decir mentiras, disfrazar a la verdad con pelucas y un collar sino que involucra algunas cosas más. Es querer tapar el sol con las manos cuando sabes que a la noche aparecerá la luna reflejando su luz, es intentar cambiar el curso del destino que las personas quieren forjar.
La traición simplemente ocurre cuando te revelas a lo que puede pasar, cuando deliberadamente decides que la verdad se oculte en el bolso marrón donde guardo mi lápiz,
Di la verdad por más que cueste y duela, actúa por convicción y no por deber y de ese modo habrás evitado el pecado capital: la traición a ti mismo.
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