No tengo armas para enfrentarte pongo mis dos manos, mis manos al aire. Se detiene, lo mira de frente porque el alguacil pide respuestas. Carezco de papeles para mostrarle. Me encuentro en un apriete y sin ganas de discutir le miro con simpatía. Junto mis pies con los zapatos bien nueva de suela. Menos mal que son bien planitos sin tacones ni plataformas, podré correr de urgencia si la situación lo amerita. El alguacil reitera su pregunta, me vuelve de mis pensamientos profundos y le confeso que un pecado he cometido, los he olvidado. Si bien la sotana de sacerdote no exige una confesión si supone una explicación coherente si se me acusa de un delito. Al menos hubiese mirado mi espejo para saber que contestar. No me acuerdo ni de las palabras de la viajerita aquella que me cruce y me contó sus experiencias para salir de apuros. Se ha congregado gente a mí alrededor porque el alguacil ya ha gritado su orden por tercera vez y sigo parada mirándolo con simpatía. Miro al cielo mientras le pido a Dios un milagro para mi vida y un ángel me responde que el milagro es mi vida. Esta circunstancia me lleva a imitar a quien decide andar sin importar demasiado, a quien arriesga. El alguacil me mira y pregunta quizás por enésima vez: ¿+quien es? Esta vez decidí responderle: “quien quiera usted que yo sea. Una física nuclear, un intento desafortunado de maestra jardinera. Elija. Pero aun eligiendo según sus gustos yo soy amiga de mis amigas.

Comentarios

Unknown ha dicho que…
No sabías que escribias así, como tampoco que uno de tus nombres es María. Leí este texto 3 veces, y hasta ahora es el post que más me gusto. Me encantá la última pregunta del alguacil y la respuesta del ángel.
Sinceramente, muy rico en contenido para la brevedad de palabras. Felicitaciones y gracias por compartir los textos y tu persona.
Saludos,
Lauti