Cada tanto hago silencio

Cada tanto hago silencio. Me gusta.

Me gusta mirar mi otra orilla.

Sentirme.

Así, sin nada y completa.

Me gusta sentir que el vacío es de lo que estoy hecha.

Hago silencio, observo y sonrío de lado.

Me gusta mirarme desde el suelo, con el cielo de techo y mí pelo bailando en libertad.

Cada tanto hago silencio: cuando leo o escribo, cuando me aparto de las charlas y tomo un vaso de agua.

Me gusta.

Las orillas no son bordes, son lo anterior.

Las orillas resultan ser el margen de maniobra para todo.

Somos orillas quizás. No lo sé.

Soy el margen de error desde que me levanto hasta que me acuesto.

Hago silencio. Creo que saqué el error del diccionario personal.

Aprendo. Ese es mí margen.

Las orillas son mis brazos escribiendo en la arena o en un parque.

Las orillas son mis palabras, la santa incontinencia verbal.

Sentir. Silenciar la boca. La orilla para que el corazón tenga margen de respirar y saber que si late es ahí.

Sin nada. Conmigo. En silencio.


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