Me desperté en el futuro


Me desperté en el  futuro. Es el último día del 2024. Ha quedado conmigo una cama destendida, un florero de agua turbia. Las sábanas no son blancas, toco mi cara y hoy me siento hecha cenizas.  

Me desperté en el futuro, huelo a salvaje. Sé que es el futuro porque no me pesan preguntas imbéciles, porque no hay libros debajo de mí. Merendé paz y de cena unas palabras embebidas de delirio. 

Escribí en la pared de mi habitación despoblada. Escribí que sigo aquí, que sigo viva. Dudo que haya testigos y no me importa. El florero tiene geranios viejos, descoloridos. 

Escribí rápido. Me largué a llorar. Noté que estaba descalza, me di cuenta que estaba en el futuro haciendo cosas del pasado. Mi presente era un eterno retorno, un fuego salido del primer capítulo de Kundera en La insoportable levedad del ser. El fuego era capaz de devorarme. 

Huelo a salvaje, a sobreviviente. ¿Y si estoy atascada? Tengo sueño, me sobran miedos. El cuerpo me tiembla. 

Miro la pared, recuerdo el Mito de la Caverna, ¡qué carajo hace Platón en mi cabeza estrangulada por el tiempo! El florero está en la cima de una ventana pintada de blanco. 

Es el último día del 2024. Es lo que sé. Es así, y vuelvo a respirar. He visto la luz como el hombre que salió de la caverna. Tengo hambre, está por llover. Cierro los ojos y me doy cuenta que mi pasado está vacío. Es así, no me lo cuestiono. Han barrido, barrí mi pasado, las alarmas y tu voz. 

Porque el fuego de la caverna no era más que la ausencia, la cama rota y las cenizas del ave fénix en la que desistí convertirme. Fue más difícil el viaje al futuro y cuando me creí viva, hice lo único que aprendí en el pasado: a escribir. Una pared me bastaba. 

Existen recuerdos incluso en los cuerpos limpios de cicatrices. Huelo a salvaje, está lloviendo y ahora lo que me sobran son los geranios. Tiro las flores, sigo viva en el último día del 2024. 



 

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