Época de Navidad

Corremos, vamos y venimos. Sin parar, miramos el celular aún sin tener mensajes pendientes. Nos come la ansiedad, la misma con la que escribo.
Te come el trajín del año, el cansancio, los regalos de Navidad y la necesidad de cumplir con aquello que no se terminó en el año. ¿Cuál es el apuro? Nadie te exige nada, solo tú mismo te impones metas y obstáculos, maneras de atravesarlos e incluso la decisión de rondarle siempre al mismo tema. Debes ser libre y andar. Sin correr.
Esa costumbre de compensar la falta de presencia con regalos. Nos acostumbremos a la idea que hoy estamos mañana no sabemos. Que te mueres y el único riesgo es el olvido. Trabaja por eso, para que se acuerden de ti: de lo bueno que hiciste en tu paso, de las palabras de aliento y enojo que compartiste. Lo pendiente no puede apurar sino incentivar a seguir.
Acostumbrados a la inmediatez de la tecnología, a la cercanía de las fotos por redes sociales y un corazón como emoticón diciendo “me gusta”. No está mal, pero no alcanza y no suplanta tu voz gruesa o chillona, tus pantalones gastados o tu calzado recién comprado que luces con orgullo.

En Navidad el deseo es regresar a la esencia de compartir, de estar, de abrazarse y perdonar. Si no sucede eso pues elijo quedarme en casa y leer un buen libro porque las historias creadas a veces son mejor que las que generamos en la realidad.


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