Complicando las cosas.

Comienzo a caminar la extensa Chacabuco y digo ¿cómo no enamorarse de ti? De tu rostro rosado, de tu ceño fruncido e incluso de tu agudo llanto en momentos de reclamo.
Es que la simpleza se resume en cincuenta centímetros rodeados de ternura.

Es fácil enamorarse de un niño porque son sencillos. Los “grandes” les complicamos la vida, con escuelas doble turno, actividades que repleten su rutina para cubrir nuestra ausencia y demás. Seamos simples otra vez. Caminemos sin correr, recorriendo cada espacio de la casa. Los lugares tienen algo nuestro, quizá es momento de recuperarlo y mirarse al espejo.
¿Cómo no vivir enojado, como representantes de la queja? Si siempre nos falta algo, si siempre las cosas podrían ser mejores o diferentes, si las personas podrían ser más buenas, honestas y tener la misma escala de valores de cada uno.  Eso es complicarse, eso es buscarle la quinta pata al gato.

Lo simple no implica facilidad pero al menos reduce el estrés, no minimiza las necesidades reales u oculta la bronca pero sí nos recuerda que a pesar de todo nada es tan terrible.
Nos enamoremos de lo invisible, de lo espontáneo y verás que lo cotidiano pesará la mitad.

Cincuenta centímetros completos de ternura y vitalidad, crecerá y le complicaremos la vida con tomos de manuales de: maneras de comportamiento, forma de progresar, y razones para evitar el resentimiento. Lo podemos evitar: riendo, escuchando buena música, desentonando un buen jingle de publicidad o convenciéndonos que mañana puede ser el mejor día de tu vida, auto- complicada por cierto. 

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