Argentina mía, una carta para ti.
Argentina mía:
Haría un inventario de lo que nos
falta para celebrar 200 años de independencia.
Haría un listado de los errores
cometidos en el bicentenario tuyo, y mío a la vez.
Elijo como tantas otras veces
contarte que tus hijos no han perdido la rebeldía de los indígenas que poblaron
y aún pueblan algunas regiones vastas de
ti.
Tus hijos jamás perdieron su
solidaridad, al abrir fronteras en 1880 y a partir de 2009 cuando los que te
sometieron vivieron una crisis de economía, con falta de trabajo y comida; de
esas que las tenemos enumeradas por varios períodos.
Argentina mía, tus hijos hemos
crecido en edad y la soberbia a veces nos come la realidad de nuestros límites
u oportunidades. “Somos los mejores en todo, deporte en equipo e individual, música
moderna o demostrando la magia bailando al son de Julio Sosa. Somos los
mejores, porque tenemos el dulce de leche, ganamos algunos Óscar, en las casas
hay WI fi y porque combinamos lo moderno con la ropa de cuero ecológico.” Nos
los dijeron y nuestra ingenuidad perdió la batalla de la sinceridad.
Tus hijos nacimos indígenas,
visitamos pulperías, le quitamos la vida a Quiroga, leímos a Alberdi y al
Mosquito, conocimos la verdad de lo que fue la Revolución Rusa y la que
enarboló Guevara. Crecimos y vivimos la crueldad de la Mazorca y su rojo punzó,
el arte de Lola Mora y la fuerza de Monzón.
Argentina mía, aún no estaba en
el seno de mi madre cuando Leloir ganó su Nobel por su trabajo científico -que
hoy muy poco se cuida por cierto- , las represas del sur estaban en plena
construcción pero San Juan sufrió el terremoto en sus tierras de Caucete.
Allá lejos de donde hoy resido
Cachi conserva con orgullo su identidad, esa que nos pertenece y la cual habla
más que de carnavales y un buen sol. En Formosa el Pilcomayo sigue extenso
tanto que puedes recorrerlo por días y hasta saludar a los hermanos paraguayos
aún melancólicos por la muerte triste de la Triple Alianza.
Tus hijos hablamos de memoria
contando quién es más responsable de 30000 desaparecidos, los miles de la
Campaña del Desierto a los que engañaron con yerba mate y tabaco, decimos
memoria y nos acordamos del gol de Maradona, de los éxitos de Rodrigo o la
cantidad de presidentes en siete días. No hemos aprendido a mirar de frente a
cada letra que compone esa palabra.
Hablamos de memoria y a
Fuentealba pocos lo nombran, de Kosteki y Santillán se habla sólo en diciembre
y como muertos y no como los laburantes que fueron a pedir por más dignidad.
Tus hijos hablamos de memoria y
metemos en la lucha eterna de la política la búsqueda inalcanzable de abuelas
por sus nietos que asumieron con entereza el silencio de sus hijos que alguna
vez pensaron distinto al gobierno de facto.
Ay Argentina mía! Hemos crecido y
en algunas cosas qué poco hemos aprendido. No decaigas pues eso jamás ha
sucedido. Si no se come en casa, la comida se comparte en el comedor con la
frente en alto, la ropa que no se compra se pasa de hermano mayor a hermano
menor y de ahí al primo, hasta que se convierta en un trapo de piso. Nada se
tira, todo se recicla.
Cumples 200 años y yo ni siquiera
me animo a mirarte de pies a cabeza, de Cabo de Hornos hasta Orán, desde las
Termas de Villavicencio hasta Capital Federal y me sobran motivos.
No me animo por vergüenza, por
emoción. Me da vergüenza que nos sobre el agua y todavía haya hijos tuyos que
recorran kilómetros para tomar un sorbo o lavar su cuerpo; me da vergüenza
porque nos sobra el viento para hacer iluminar el faro del Fin del Mundo y
nuestros bolsillos le pagan a otros hermanos latinoamericanos.
Me sonrojo porque los balances de
los países extranjeros sin lugar para sembrar, ni para criar animales hablan de
superávit, y miro, te miro de punta a punta y digo ¡la pucha que en 200 años
nos pudo la concentración! Es corrupción pero también es falta de amor.
Veo tus ríos, el sol, la nieve,
la lluvia, las montañas nevadas o las rústicas de la puna, el verde de las de
Córdoba, la meseta eterna del sur, las salinas de Santiago y al mismo tiempo
son tan escasos los aportes para cuidarlos.
El agua no se llevó al Chaco en
1998, a Santa Fe en el 2003 o a la
Plata, ni a las Sierras Chicas en el 2015, el Chaltén no quemó tus piedras
Argentina, te hizo más fuerte.
Porque en tus hijos corre el ADN
de Juana Azurduy, de Urquiza, de Bustos, de Güemes, del loco entrerriano nacido
en Yapeyú, del Sargento Cabral, de los muchachos que hicieron de cada
revolución su motivo de vida.
No te contaré de política porque
tus hijos hacemos del debate un arte, el arte del chamuyo. De la política hemos
hecho un carnaval en tiempos de contienda electoral, se fue transformado de la
cosa de todos a lo que creen saber hacer unos pocos.
Como hija tuya estoy orgullosa de
nuestra historia, lo que no quita que deje de pensar que podemos ser mejor,
pero mejor que ayer entre nosotros. Lamento que aún veas el abandono en los
niños, que escuches a los caballos relinchar de dolor por recorrer cientos de
campos para llevar a clase a una maestra. No puedo hacer nada más que decirte
que voy a resistir como al principio. Resistiré a que le digan independencia a
hablar en inglés solamente o a comprar lo importado.
Tus 200 años merecen una independencia real del poder de los que aman la concentración, Argentina antes de ser mi gobernante, mi jefe o mi “superior”, son mis hermanos por identidad. Argentina mía, tuya, del pobre en material o en conocimiento intelectual, rico en autos o viajes no es una fiesta el bicentenario si hoy el debate sigue rondando entre los de Buenos Aires y los del interior.
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