Primavera, una estación absurda.

En una conversación absurda digo cosas sin convicción. Hablo por hablar. Resulta divertido porque mis neuronas se liberan y mi lengua no mide las palabras que dice.
Digo oraciones sin destinatario como teorías de astronomía que a nadie le interesa pero que llaman la atención.
Es liberación absoluta de los cánones de la locura retenida en el cuerpo y evidente en las pupilas. Pareciera que el invierno tapa con abrigos los pesares, que los superhéroes tuvieran un receso invernal. Vivimos en una caja de cristal viendo que dicen los demás.
Por eso es que en cambio de estación hablar de astronomía no es tan absurdo. El sol brilla tanto que la cabeza te quema los problemas y tomas fuerzas para correr hacia lo que te hace sonreír.
En la primavera no renacen las flores, pavadas no. Simplemente es un cambio de energías que transforma nuestra rutina en un eclecticismo necesario para no agotarse de las salidas fórmula para escapar de lo que nos hace mal.
Sigue siendo una conversación absurda de estaciones, de cambio de clima, de lluvias que se asemejan a las estaciones de nuestra vida donde personas se suman, otras se van y a otras dejamos ir.
Es verdad que cuando hace un poco más de veinticinco grados es más fácil regalar una sonrisa sin embargo, si nuestra alegría estuviera relacionada directamente con la temperatura el mundo sería un ciclotimia absoluta.

Primavera o no es una obligación sonreír para agradecer que aún vives para pedir perdón, decir gracias y recibir amor. 

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