
Los colores del cielo naranja anuncian que la tormenta a de llegar.
Las estrellas se ausentan pues se esconden cuando las nubes gruñen desde lo más alto del limbo.
Una mañana, una siesta o en la madrugada las luces se encienden emocionando mis pupilas. Dan el momento perfecto, no hay defectos para poder abrazar a alguien.
Quizá la tormenta venga con viento, lluvia, un vendaval o simplemente se ría al pasar de largo.
Un delirio en la creación que hizo Dios al dividir el cielo y la tierra parece generar terror cuando hay casamiento y una excusa para mirar filmes pendientes.
La tormenta es un evento desafortunado del cielo cuando se enoja cuando lastiman su aire entre la contaminación y el smog. Es la alegría ante el nacimiento de una nueva ave que respira el aire puro que los árboles de una plaza le ofrecen.
La tormenta es un sinónimo cuando algo no está bien.
Sin embargo, pensémoslo distinto.
Pensemos que la tormenta es una sonrisa del cielo que nos advierte que mirar siempre las estrellas nos obnubila la forma de pensar que siempre todo estará bien. Los imprevistos, los sueños incumplidos, las tormentas siempre pasan. Pasan para refrescarnos las ideas, pasan para limpiar las heridas de nuestro corazón, para mojar nuestras rutinas con un poco de agua viva. Pasan, pasan y puede que pasen de largo. Es allí cuando debemos preocuparnos porque no hay certeza de qué pudo haber pasado solamente sabemos que algo no es igual que hasta hoy
Las tormentas, la tormenta es simplemente una reflexión para mirar hacia delante.
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