Un arco y una flecha

Es febrero y en mitad de mes si nos detenemos en relaciones de amor- de pareja- algunos sonríen, otros hacen que lo ignoran por faltos de valor y lo hay quienes reprimen la ausencia de un amor. Con un arco y una flecha haré tres intentos para poder descifrar qué lugar ocupas hoy. El primer intento consistirá en tomar como blanco lograr que una moneda se de vuelta. Esta caerá al piso y retumbará en el suelo, provocando un sonido ensordecedor a mis oídos. Les mentiría si he visto de qué lado ha caído. Cara o seca. Una duda eterna. Analogía simple. Defectos y virtudes. Encuentros y desencuentros. Principios y finales. Un beso o una bofetada. Fidelidad o infidelidad. Constancia o intermitencias. No sé. Quien hoy sonríe lo hace con la complicidad de que hay alguien más que lo entiende sin palabras, con tan sólo una mirada. Esta flecha da en el centro de cualquier corazón que se ha cruzado por casualidad delante de mí. Bajo mi arco un momento y cuando levanto mi vista, otro objetivo delante de mis ojos se ha detenido. Es una sombra que no define su sexo sino que es una silueta cualquiera que está de espaldas. No la puedo distinguir pero por instinto y en un acto de defensa propia tomo el arco y otra flecha. Apunto por segunda vez. La silueta, mi objetivo. Lejos de preocuparse por la flecha que puede clavarse en su pecho permanece inerte, de espaldas a mí y a la luz del sol. Claramente poco le importa qué sucedería de sí mismo y de alguien más. Ignora el brillo de la luz y su potencia para llenar de energía. Apunto y disparo. He errado en el blanco pero ha bastado para que se de vuelta y tome conciencia que siempre hay alguien más que uno mismo. Le sonrío y por más que se encuentre solo, hoy, se retira con la certeza de que los intentos nunca son en vano. Tomo un vaso de agua y me siento sobre una silla de madera que se tambalea un poco por estar en una superficie con un leve declive. Agacho mi cabeza hacia el suelo y veo la otra flecha sin usar, el arco colgado del respaldar de la silla donde me encuentro descansando. Poco dura mi descanso, pues cuando apenas me dispongo a pensar quién sería mi próximo objetivo, aparece esta vez sin nombre ni apellido. Para mi sorpresa mi objetivo está multiplicado. No es uno, no son dos, es una multitud. Con pañuelos en mano, un paraguas en la otra y dos botas de lluvia en los pies los puedo ver. No entiendo. Luego de demorarme un par de minutos en pensar de qué se trata esta locura recuerdo que es el día de San Valentín. Si no traen una rosa, no están enamorados. Si no traen auriculares es porque sí están interesados en celebrar el día de festividad para dos. No comprendo, pero el rayo de luz que obnubiló a mi anterior objetivo agita mis ideas. Veo claramente. Esta multitud es aquella que llora por no tener con quien celebrar su día; que usa paraguas para protegerse de la soledad evidente y que usa botas de agua para evitar tocar el piso y aceptar la realidad. Tomo mi arco y mi última flecha, desvío el destino de cual fuera mi objetivo y sólo le apunto al cielo. ¿Por qué? Es mejor soñar que todo llega elevando una plegaria de amor para que permanezca, mute o llegue a uno, a dos o a una multitud. Dime qué lugar ocupas hoy.

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